lunes, diciembre 6

Lo que va quedando

Lo que va quedando 

de mí en este oscuro tiempo

de flores marchitas y olvidadas

es el eco del invierno

aquél, y tu mirada.


Paloma G.

De vuelta

No me gusta cuando el día

empieza con música de sirenas;

Vuelve a ser noviembre y los años

no pierden la costumbre

de repetirse y traer de nuevo

el dolor y la sal.

Es tan lunes como cualquier otro lunes

y tú sigues ahí, lejano y gris 

como el mes que te envuelve,

viendo pasar los trenes y las vidas

de otros que, como yo,

temen que llegue noviembre 

y ya no estés.

No me gusta cuando el día 

termina llorando tinta.


Paloma G.

Yo, enamorado, soñador y loco

que me muero de sed y no lo digo

que estoy junto a la fuente y no la toco.

Jose Angel Buesa

viernes, diciembre 3

De Luis, hoy más que nunca...

Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

 

                    El amor (Luis García Montero)

A mí me enamora oir este poema de su propia voz, AQUÍ.


miércoles, julio 7

Robert Kincaid

Y, como siempre que la emiten, aquí estoy yo delante de la  tele viendo Los puentes de Madison, la única pelicula "romántica" que no sólo me gusta sino que,  directamente,  me enamora. 

No puedo evitarlo;  tenía otros planes pero ha sido ver la programación de esta noche y clavarme en el sofá con cara de boba.

La frase: "Los viejos sueños eran buenos sueños, no se cumplieron pero me alegro de haberlos tenido."

domingo, mayo 16

Sir Terry Pratchett

Hace ya siete u ocho  años que se fue.  Ochenta y cinco millones de libros vendidos en treinta y cinco idiomas.   

Inmejorable, insuperable, irrepetible. El humor inteligente, la sátira, la fantasía y el absurdo en una sola pieza. Y para muestra...

-Dale fuego a un hombre y estará caliente un día, pero préndele fuego y estará caliente el resto de su vida.  (¡Voto a Bríos!)

-El problema de tener una mente abierta es que la gente insiste en entrar dentro y poner allí sus cosas. (Cavadores )

-A los dioses no les gusta que las personas no trabajen mucho. Las personas que no están ocupadas continuamente pueden empezar a pensar. (Dioses menores )

-Una mentira puede dar la vuelta al mundo antes de que la verdad tenga tiempo a ponerse las botas.  (La Verdad)

-Recuerda siempre que la multitud que aplaude tu coronación es la misma que aplaudirá tu decapitación. A la gente le gustan los espectáculos.  (Cartas en el Asunto)

-El problema con tener una mente abierta es que la gente insiste en entrar dentro y poner sus cosas dentro de ella. (Camioneros)

-El Q. I. de una muchedumbre es el Q. I. de su miembro más estúpido dividido por el número de sus integrantes.“  (Mascarada)

-Solamente en los sueños somos libres. El resto del tiempo necesitamos el sueldo. (Brujerías)

-Era muy patriótico. Es decir, hablaba de matar a extranjeros. (Regimiento monstruoso)

-¿Qué clase de hombre pondría a un conocido criminal a cargo de una de las delegaciones importantes del gobierno? Aparte, por ejemplo, del votante medio. (Cartas en el asunto)

-Un pie en el cuello es el noventa por ciento de la ley. (Tiempos interesantes)

-No basta con saber coger una espada. Hay que saber cuál es el lado que se clava al enemigo (Lores y Damas)


sábado, mayo 15

Ahora mismo

 "El orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana. Los cambios pueden ser rápidos como el rayo. No se puede confiar en la frase 'Esto aquí no puede pasar'. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar"

                                                         Margaret Atwood - Introducción a "El cuento de la criada"

Cosas de mis alumnos

No quisiera de ningún modo que estas anécdotas se entiendan como un intento de ridiculizar a alguno de mis alumnos. Nada más lejos.  Ellos -niños, adolescentes, adultos, personas mayores- han llenado mi vida los últimos 21 años y sólo puedo sentir amor y agradecimiento pero en todo este tiempo ha habido momentos brillantes. Increíbles. EX-QUI-SI-TOS.

Recordemos que yo ofrezco formación en Nuevas Tecnologías. Bien, pues me  encuentro en el supermercado  a una de mis alumnas adultas:

-Ay, suerte que te encuentro. Necesito hacerte una consulta y me va a ir muy bien no tener que esperar a la clase del miércoles.

-Bueno, mujer, no te preocupes. Dime qué necesitas. Y para otra ocasión recuerda que tienes el e-mail o el whatsapp si te corre prisa.

-Ya, ese es el problema, que es un poco complicado escribirte, no se entiende muy bien lo que pongo.  Lo he intentado en casa y lo he buscado por todas partes, pero...no está. Ni en mi móvil ni en el de mi marido.

-¿El qué? 

-El punto. No está.

Y así nos luce el pelo...

 -Señor, señor, se acerca una fuerte borrasca con nevadas generalizadas y considerable bajada de las temperaturas. ¿Quél hacemos?

-¡Rápido! Suban un 27% las tarifas eléctricas.    Ah,  y tráigame otro puro, López.


(Sí, sí, parece un chiste...)

jueves, agosto 6

Beirut

Quince años de guerra civil; la destrucción total de un pueblo.
Y de pronto, sin descanso, sin una tregua, otra herida mortal de necesidad: Hasta el momento son 5.000 los heridos, 140 fallecidos, 300.000 ciudadanos que han perdido sus casas, decenas -si no cientos- de desaparecidos, hospitales que ya estaban abarrotados por la Covid-19 y ahora no dan abasto a atender heridos...
Y ¿por qué no veo un bombardeo mediático como cuando, por ejemplo, se quemó - sin víctimas- Notre Dâme? ¿Por qué no hay programas especiales? ¿Por qué no oigo/veo a políticos y prohombres de la Patria dándose golpes de pecho y prometiendo todo lo "prometible"? ¿Dónde está ese famoseo que mea colonia cada vez que tiene oportunidad de hacerse la foto solidaria?
Y todos los youtubers, instagramers, tuiteros y feissbuqueros que "visten" sus cuentas de luto ante según qué desgracias, pero ignoran otras olímpicamente... ¡Ay!
A ver si va a ser que el color, la cultura o las creencias de los fallecidos marcan una diferencia en el nivel de dolor que nos causa su pérdida.
A ver si va a resultar que 140 muertos y 5000 heridos de un país musulmán están menos muertos o menos heridos.
O nos importan una mierda.¿No?
Cada día me da más asco la especie humana (evidentemente me incluyo) y, sinceramente, miro a mi hámster y pienso: "A lo mejor le habría ido mejor al planeta si hubieseis evolucionado vosotros, o los gatos. O, pobres, los dinosaurios"

miércoles, agosto 5

11 de abril de 2020

Desde que se decretase mi encierro covídico, si en algún momento quiero apartar los ojos de las pantallas, no me queda otra que ejercer de James Stewart en La Ventana Indiscreta y contemplar impasible el bloque de pisos situado frente a mí. La imagen es, como en mi caso, la parte trasera del edificio, las terrazas feas y avergonzadas de que se les vea toda la ropa tendida, los balcones a los que no salen a aplaudir a las 19.58. Esas otras terrazas, las que se llenan de música y flores, las que lucen banderas, están en la otra punta de la casa y a mí me tienen castigada a no acercarme.
En fin, que hoy estaba tomando el sol y reflexionando sobre la cantidad de vida que tienen esas ocultas terrazas traseras: señoras que hacen la colada, niños que juegan, el vecino del cuarto a la izquierda -un armario rubio de dos metros- que sale a fumar dos o tres veces al día, la chavalita que se asoma a su ventana móvil en mano huyendo de los oídos de su familia; y luego están los colores: la ropa tendida, los juguetes de los niños e incluso las tonalidades imposibles del tejido con el que algunos vecinos han encargado sus toldos con mejor intención que gusto.
A derecha e izquierda, sin embargo, la vista es totalmente distinta; al vivir en una zona más o menos antigua, hay aún muchas casitas bajas o de planta y piso como mucho que me permiten alargar mucho más la mirada y pasar por encima de sus tejados y azoteas. En estas también veo ropa tendida al sol pero nunca a las personas que hacen esa tarea. Lo he comprobado, es algo mágico: giro la vista un par de minutos a la derecha y cuando vuelvo a mirar en dirección contraria, ha desaparecido la ropa de una azotea. O se ha desplegado una sombrilla sin que haya nadie debajo que proteger.
Pero hoy sí ha aparecido alguien: a eso de las doce, con un sol de justicia que si dejabas caer granos de maíz se hacían las palomitas con sal y todo, en el terrado de una de las casas más cercanas ha aparecido él. Él, vestido con ropa deportiva blanca de arriba abajo: su camiseta, shorts, sus calcetines, las sneakers. Y ha empezado a hacer lo más aconsejable a esa hora del día (nótese la fina ironía): ejercicio. Le he visto hacer sus series de flexiones, levantamiento de brazos, torsiones… De vez en cuando desaparecía de mi vista cuando se tumbaba en el suelo para hacer abdominales y sólo podía divisar una pierna u otra según las levantaba.
Al cabo de veinte minutos yo ya no aguantaba más al sol, pero él ha seguido impertérrito, enérgico: un saltito, una flexión, otro saltito, una torsión, otro saltito y... ¡desaparición!
Me he levantado de un salto pensando que el pobre hombre se había caído, quizá incluso desmayado de practicar deporte a la parrilla. Incluso he hecho cálculos mentales para adivinar a qué casa corresponde exactamente esa azotea para avisar si no se levantaba en seguida. Y no, no se levantaba. NO se ha levantado en ningún momento, de hecho.
Ya he dicho antes que las azoteas tienen magia. Bien, pues esa también: mientras yo me mordía las veinte uñas pensando que el deportista estaba tirado al sol con un síncope, ha aparecido una mujer con un vestido floreado y un cesto de ropa en las manos y se ha puesto a tender en las cuerdas situadas exactamente donde yo he visto desaparecer al pobre hombre.
La verdad está ahí fuera. Tiririri riri riiiiiiiiii….

Las pinzas de tender

Ella está a sus cosas, no se ha fijado en mi presencia ni sabe que la observo mientras tomo el sol.
Una a una va recogiendo las prendas de ropa que tiene colgadas en las cuerdas que cruzan su balcón de lado a lado: coge una pieza, la sacude bien, la dobla cuidadosamente, entra en la habitación, sale sin la prenda y elige otra. Una y otra vez, lentamente, durante un buen rato: toallas, jerseys, calcetines, hasta que ya no queda nada en el tendedero.
De pronto se queda muy quieta mirando al vacío. Observa el cielo, comprueba la cantidad de nubes y, como si tomase una decisión súbita, se agacha junto a la lavadora y vacía su contenido en un gran cesto de plástico.
Con el mismo ritmo pausado del principio, saca de la cesta la primera pieza: una sábana bajera. La sacude, la tiende cuidadosamente, repasa con las manos que no quede ni una arruga y, de un cestito que cuelga del tendedero, coge tres pinzas y las distribuye sobre la sábana tendida.
Inmediatamente le sigue una funda de almohada individual que, por el tono, deduzco que forma parte del conjunto. De nuevo la sacude una vez y otra, la extiende bien y coloca dos pinzas. Por último la funda del nórdico; le cuesta un poco más moverla. Es bastante más grande y también más pesada pero ella no tiene ninguna prisa. Realiza exactamente el mismo ritual que con las prendas anteriores sólo que esta vez se asegura y son cuatro y no tres las pinzas que sujetan la sábana.
A todo esto ha pasado mucho rato, yo empiezo a notar que el sol me quema en la nariz y en los hombros pero estoy fascinada contemplando a la mujer ocupándose de su colada de ese modo tan meticuloso, tan sosegado y, sinceramente, para mí exasperante, acostumbrada como estoy a hacer las cosas con una total falta de tiempo; en cualquier caso no puedo dejar de mirarla hasta que la veo dar un último repaso a la bajera, secarse las manos en la falda y entrar en la casa.
Me planteo que debería hacer lo mismo; apago el reproductor de música, me quito los auriculares y en ese instante la mujer vuelve a salir. Mira de nuevo al cielo, se dirige al cestito de las pinzas y pone una más en cada pieza de ropa antes de volver a entrar. Un segundo más tarde vuelve a salir y clava una pinza más en cada una de las dos prendas grandes.
Aquí hay que añadir que, aunque vivimos en tierra de vientos, hace un día absolutamente plano y calmado. No se mueve una hoja, nada, ni una leve brisa. Pero mi vecina no debe de pensar lo mismo porque al cabo de un momento vuelve a salir y añade dos pinzas más a la funda del nórdico que es la pieza más expuesta de las que ha tendido.
Y de nuevo, y para mi sorpresa, aparece en la terraza, vuelve a observar el cielo y –no lo adivinaríais nunca- añade un par de pinzas más a la funda del nórdico.
Doce, en total doce pinzas en una única prenda. Doce pinzas en una, diez más en las otras y más de media hora para realizar todo el proceso.
Esta mujer no lo sabe pero, desde hoy, tiene una nueva fan.

Hasta el gorro

Me llamo Paloma, nombre castizo donde los haya, y nací en pleno Empordà, zona en la que, como todo el mundo sabe ( lo dicen los periódicos del Imperio y las personas de bien), sólo se habla (y entiende) el català de pagès y eso con dificultad. Ya ven estoy escribiendo castellano gracias al traductor del Gugle que si no...
Sufrí mucho en mi infancia con esto de la inmersión, dicen en la tele. Y como yo, la mitad de la población de este país, Catalunya.
Les cuento: aunque crecí en época de Franco y me eduqué exclusivamente en castellano, mi padre que era un horrendo adoctrinador de la cultura catalana (madrileño por más señas) se empeñó en enseñarme catalán y francés, llevándome así por el camino de la perdición lingüística.
Más tarde, a pesar de haber leído cientos de libros en castellano y apenas unas docenas en catalán y francés; a pesar de que en los cines de Catalunya no se emitiese NI UNA sola película en catalán (recordemos que hacía cuatro días que había muerto Don Paco); a pesar de que el 60% de la televisión que veía era en castellano y el otro 40% se dividía entre el catalán y el francés y a pesar de que en el Instituto la mitad de los profesores nos hablaban en una lengua y la otra mitad en otra; a pesar de que hice letras puras con lo que a mis tres idiomas de infancia añadí nociones de latín y griego e hice clases extraescolares de alemán, parece ser que me convertí en una adolescente medio analfabeta a causa de la dañina inmersión lingüística catalana.
Llegada la etapa adulta aterricé en una empresa en la que, si mal no recuerdo, la única catalana era yo: había asturianos, zaragozanos, castellanos, alemanes, daneses, madrileños....y el idioma habitual de la empresa era el castellano seguido del frances y el italiano, lengua que tuve que "casi" aprender para sobrevivir en ese maremágnum de "catalanes adoctrinados".
Por último, llegué a mi profesión actual en la que imparto clases en el idioma en el que sé que me van a entender mis alumnos, sea ese el que sea. Puro adoctrinamiento también.
Dado que mi sector es básicamente tecnológico, he tenido que espabilarme con el inglés a base de diccionarios; he tenido que aprender unas cuantas docenas de expresiones en árabe para iniciar acercamientos con alumnos inmigrantes y todo ello lo he hecho mal, mal, mal, fatal porque el terrible adoctrinamiento que padezco, parece ser que no me permite expresarme en castellano (ni en ninguna otra lengua) con la claridad necesaria .
Y no soy la única, no crean: si voy al hospital, no es extraño que me atienda un médico venezolano o irlandés que ya ni recuerda su idioma, pobre, de tan inmerso que está.
O, sin ir más lejos, mi hija, la pobre: escolarizada en catalán desde que nació y con una doctrina tan férrea que a los once años sólo dominaba tres idiomas. Únicamente tres. Y hay casos peores, de pura lágrima y pataleo: algunos de sus amigos son extranjeros y, qué pena, llegan a la ESO hablando sólo cuatro o cinco lenguas diferentes.
Qué tristeza. Qué pena de recursos. Qué asco da una tierra en la que cualquier crío de 12 años habla un mínimo de dos idiomas más que los últimos presidentes del Gobierno del Estado.
No, no, nada de eso. Eliminemos de inmediato una de esas lenguas, o dos, o todas. Al fin y al cabo, ya demostró el Sr. Rajoy que únicamente con el castellano se va a todas partes.
Haciendo el ridículo, sí, pero se va.

I ara, només us dic una cosa: la llengua NO es toca.
(Per cert, el dia que vaig penjar això, em varen posar verda i em varen baixar bufetades de tots costats: els castellanoparlants insistint en que havia d'abandonar el català i deixar-me de tonteries i alguns catalanoparlants que no varen acabar de llegir el text en la seva totalitat i no varen veure que era pura ironia, amb la qual cosa em varen recordar que sóc una xarnega de merda. En fi...)

Y más silencio...

De pronto estalló el silencio gris, de tormenta.
Nunca unos ojos llovieron tanto.


Paloma G.


Silencio

No digas nada.
Ahora guardar silencio es necesario.



Paloma G.

Así nos va (II)


Amor (Cortázar)

"Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."
Rayuela, cap. 93 - Julio Cortázar.

Y así nos va...


viernes, enero 25

Itinerario II

Y ahora
que todo se me hace extraño
cómodamente impreciso
y feliz,
que toco lo intangible
con el roce de los dedos
del deseo,
que ofrezco mi cara a la lluvia
y mi pelo a tus manos,
que no escondo mi rastro
a tu vista
y siembro una estela de perlas
que te atan sutilmente a mi piel
Ahora
que contemplar el mundo
se ha vuelto un pasatiempo
de dos,
que sobrevuelo las distancias
en el mínimo instante
de un parpadeo,
que el tiempo se mide por la duración
de un poema,
y el espacio que ocupo guarda aún
tu huella.
Ahora
que dibujo itinerarios
en los mapas de la noche...
sígueme.

Paloma G.

Reencuentro

Te recordaba  mientras la distancia
se abría ante mis pies como un abismo
dejando atrás colores,  espigas y trigales.
Inmóvil tras el húmedo cristal
desde el que atisbaba el paso de los días
perdida la voz, refugiándome en la tinta,
te recordaba.
Con esa sensación de destemplanza
que dan las noches de invierno
en que despiertas helado y sin cobijo.
Con esa añoranza vaga y cálida
con que se recuerda un edredón en primavera:
con cariño  pero sin urgencia,
te recordaba.
Y te encuentro en esta esquina de la vida,
confuencia de dulzuras y tropiezos
que sorteo a grandes rasgos con más voluntad que acierto.
Fascinada ante el color de este  noviembre
que vincula  en un instante la honestidad y el afecto
con la lectura interior de tu poema,
te reencuentro.

Paloma G.

"Más o menos extraña
la vida fue pasando tibiamente
por tu cuerpo y el mío.
Luis Gª Montero."

Y despertar...

Hoy la calle olía a silencio,
el cielo amenazaba lluvia,
y en los abrigos
el alma se quedaba fría.
Los sonidos eran sordos,
lejano eco de tormenta,
vacía y seca
en la pesadilla de un niño.
Hoy he despertado en gris,
sin prisa y sin objetivo,
y en la cama
he plantado un desierto.
Hoy la calle olía a silencio,
mañana sonará a olvido.


Paloma G.

Minipoesía (8 haikus)

Ante mis ojos,
lloviendo en los cristales,
pasa la tarde.

****
Siempre te olvidas
que a pesar de la tormenta
luego el sol brilla

****
Con cadencia de lluvia
las horas muertas
dejan frío en el alma.

****
El sonido del reloj
rompe el silencio
pero no afecta al tiempo

****
Ni siquiera recuerdas
el viento frío
mientras arde el fuego

****
Nada es eterno
ni nadie así lo espera;
Ama el momento

****
Mientras caminas
dibujas con tus pasos
la carretera.

****
Si el sol no brilla…
¿será que se ha apagado
o que no lo miras?

****

Paloma G.

Pía - Pía

A veces mis enanitos de clase  me dejan K.O.  tendida en la lona y sin posibilidad de recuperación.
Por algo que me acaba de pasar, recordaba ahora uno de esos días, hará de eso... no sé, a veces la memoria me engaña, quizá siete u ocho cursos ya.
Era un grupo de entre seis y siete años y, con el fin de practicar con Word, con la búsqueda de texto e imágenes en Google y la inserción de lo encontrado en un único documento (aclaro que soy profe de Nuevas Tecnologías)  les había propuesto un ejercicio en el que tenían que definirse de algún modo a través de sus gustos: colores, aficiones, juegos, películas… con todo ello debían hacer un collage, una especie de redacción ilustrada. Es un trabajo similar al que hemos hecho otras veces con otros motivos (Navidad, Carnaval, etc.)  y que a ellos les encanta. Se enfrascan en la búsqueda y luego me razonan por qué una imagen y no otra.
En fin, que casi había acabado el tiempo y uno de mis bajitos, siete años, me dice alarmado: “Paloma, no puedo acabar. No encuentro nada sobre mi juego favorito”  Fui a mirar su pantalla y en la caja de búsqueda de Google figuraba el nombre de su juego: era “Pía-Pía”. Escrito así, con su guión y todo.
¡Agh, demonios! ¿Qué juego es ése?  Todos sus demás compañeros me hablaban de fútbol o de aventuras para la Nintendo Switch, el móvil  o la Play.  Y, servidora de ustedes, entre lo que juego yo misma y lo que me informan mis alumnos, tiene un Máster en "juegología", pero…¿Pía-Pía?  Ni  idea. Iba a decepcionar a mi enanito, así que había que investigar.
Me senté junto al peque y le dije, “venga, te ayudo a buscar, cuéntame qué juego es ése y de qué va”
-Paloma, -asombradísimo-  ¿es que tú nunca has jugado a Pía-Pía?
-Pues no, cariño, pero si me dices un poco cómo se juega, te ayudo a buscarlo.
Y mirándome con ojos de conmiseración, de pura lástima por esa mujer que en su vida había jugado a Pía-Pía, esa triste adulta que no sabe qué es divertirse, suelta:
-Jugamos cada día, pueden jugar varios, en el patio; uno es el que la para y tiene que píar a los otros que corren y si llegas a un sitio que es casa dices: "casaaaaa" o "salvaadooo" y eso…
-Ah, ¿te refieres a jugar a pillar?  ¿Al pilla, pilla?
-Claro, te lo estoy diciendo hace rato:  ¡Pía-Pía!
Y sí, tenía razón: pobre adulta que ya ha olvidado, como la mayoría de los niños, lo divertido que es jugar a Pía-Pía en el patio y que hay vida más allá de Play Station.

Fue belleza

Hoy ya no llueve en las calles
empedradas junto al puerto,
es sólo agua que cae
mísera, absurda, sin freno.
Ya no reflejan las gotas
la luz de cada farola,
convirtiendo en charol negro
los viejos tejados del pueblo.
Hoy ya no apaga mi sed
bebiéndola mientras me moja,
ni ofrezco la cara al cielo
para recibir su beso.
Ya no sé observar la lluvia
mirando a través de otros ojos,
ya no esconde la poesía
del vaho tras los cristales.
Sobre el bosque de paraguas
dejando un paisaje roto,
mísera, apresurada y fría,
ya sólo es agua que cae.

Paloma G.

Apología de la felicidad

Tiempo atrás, un conocido me preguntaba si resulta más sencillo escribir poemas estando triste o feliz. Le respondí que, en mi caso particular, no hago demasiadas diferencias: la poesía es sentimiento ,el que sea, pero le acompañé una frase que leí a Sabina en una entrevista en un periódico hace unos años.
Le preguntaban por el motivo de que hubiese contado con Benjamín Prado para componer las letras de las canciones de su último disco y respondía el maestro que la felicidad no le inspiraba, así que aprovechando la fiesta de celebración de su aniversario número sesenta, se acercó a su amigo y:  "Benja, no me sale nada. La felicidad está matando mi creatividad. Préstame algo de tu cabreo emocional"
Vale, pues después de darle vueltas llego a la conclusión de que no es exactamente así, es simplemente un tema comercial. Marketing puro. Y Sabina miente como un bellaco. Ni más ni menos.
Las mejores canciones de la historia han sido siempre canciones de amor, sólo que le llamamos “de amor” a las canciones de “desamor”. Nos sentimos de algún modo identificados con el protagonista de la historia, lloramos con él su pena, su tristeza y nos parece que lo nuestro es menos grave. Sentimos que el cantante sufre aún más su carencia que nosotros y nos la grita desesperado.
Resumiendo, que salvo en contadas ocasiones, nos apetece más oír que Loquillo “para ser feliz quiere un camión” que la alegría que representa el hecho de que “Mi jacaaaaa galopaycortaelviento cuandopasaporelpuerto camini-chin pun-to de Jeréeeee”
Y tiene su lógica. Imaginemos por un momento que encontramos a un conocido por la calle:
-¿Qué tal fulanito?
-Ya ves, tirando.
-Pues yo de coña, oye. Me han doblado el sueldo, trabajo menos horas, me acabo de comprar un chalé con piscina y ¿ves aquella rubia de allí?
-¿La guapa?
-Ésa, pues es mi señora. Desde hace dos meses. Somos taaaannn felices!!
-Psss…qué bbbien. Malegro...
Ahora sinceramente ¿Alguien se siente feliz de verdad por ese imbécil? ¿No dan ganas de partirle la cabeza con el primer ladrillo que encontremos? ¿No apetece realmente decirle que se meta su felicidad por donde le quepa? ¿A que sí?  Pues eso sucedería si a partir de hoy Sabina, Serrat, Alejandro Sanz o Calamaro empezasen a deleitarnos con sus alegrías personales, con lo felices que son con sus hijos y parejas, lo bien que viven en sus “chaleses” y lo mucho que ligan con sólo pestañear. Resultado: iban a vender un churro.  La única a la que le salió medio bien la jugada una vez fue a Paloma San Basilio con aquello de “Juuuntos, un día entre dos parece mucho más que un díiiaaa” y por si acaso no repitió el tiro, que no estamos acostumbrados a tanta alegría frívola.
Ahora la misma conversación, con otro tono:
-¿Qué tal fulanito?
-Ya ves, tirando. ¿Y tú?
-Hecho una mierda, de verdad. Hecho polvo. Me han despedido tras quince años en plantilla y con una porquería de finiquito, ahora estoy en juicios y tal. Pero no es eso lo peor. Jo! Llego un día a mi casa y me encuentro con que mi mujer se ha ido con un pavo cinco años más joven que ella y se me ha llevado a Jorgito.
-Chico, qué mal…
-Era la mujer de mi vida y mira…
-Sí que lo siento, de veras. ¿Puedo ayudarte de algún modo?
Claro que se le ayuda. Se le ayuda, se le abraza, se le invita a unas cañas y se hace lo posible para que el pobre chaval pase el trago lo mejor posible.
Y ojo, es el mismo de antes, ¿eh? no es que sea más amigo, ni menos. Es que ahora es más desgraciado que yo. Ahora es el protagonista de “Así que se fue, me dejó el corazón en los huesos y yo de rodillas” o de “Ella qui sap on és, ella qui sap on para” o incluso de “Para qué me curaste cuando estaba herío, si hoy me dejas de nuevo con el corazón partío”  Resultado: un éxito de ventas.
En resumen, que hacer apología de la felicidad no vende y todo esto nos demuestra que Sabina aparte de ser un genio de las letras es, además, un genio de los números y siempre supo de dónde sacar para los garbanzos.

Un día oscuro

Suena el silencio con atronador vacío
Tiemblan los ojos y se ciega el oído.
Las nubes se encharcan,
se asusta la noche
y las olas del bosque pronuncian tu nombre.
El mundo se para,
me abraso de frío.
Los pájaros huyen porque llora el río,

          será que ya todos saben que te has ido.

Paloma G.

Chanel nº 5

Entre abrazos él le había preguntado por  su perfume. Ella olía a vainilla y un poco a sándalo pero le había contado que su perfume favorito era Chanel 5. Siempre le habían gustado los aromas con un toque clásico, voluptuoso, casi previsible: Chanel, Dior, Saint Laurent…pero su preferido siempre fue ése.
Se amaban, pero las circunstancias les obligaron a alejarse. Él la amaba, ella le amaba  y les costó separarse. Y cuando tuvieron que hacerlo no sabían exactamente durante cuanto tiempo, cuántos días, meses, eras, pasarían hasta volver a respirar el mismo aire, hasta que él volviese a rozarle el costado con un dedo y  arrancarle un leve gemido, hasta que ella volviese a perderse de nuevo en su pecho.
Cuando él se fue, ella lloró. La música atronaba su casa, no quería tener más sentidos despiertos que el oído, no quería ver, ni pensar, ni recordar, no quería hablar, no quería siquiera correr el riesgo de tocarse, de rozarse para no imaginar que eran de nuevo sus manos. Las de él.
Lloró diez minutos y empezó a pasar el resto de su vida. Quince minutos más, treinta y alguien llamó al timbre:
“Soy yo”, dijo su voz. Era él, volvía y traía algo entre sus manos, un paquete envuelto en papel de regalo.
“Tenía que hacerlo, así sabré que me llevas. Te quiero” y se fue de inmediato dejándola sorprendida, sonriendo y llorando a la vez que quitaba el envoltorio del paquete.
Era un frasco de perfume, de Chanel 5. Lo abrió de inmediato y puso unas gotas en su cuello y el frío líquido se volvió cálido en su piel, fue como sentir de nuevo los labios que la recorrían, los dedos que la dibujaban. Fue sentirle a él, fue llevarle, tal como él había dicho. Y le llevaría siempre.
Lo usaba a solas, se perfumaba para pensar en él, o quizá pensaba en él y recurría al perfume para tenerle de nuevo. Era privado, íntimo, era la ceremonia de abrir el frasco, aspirar el aroma,  mientras tomaba una gota en su dedo índice y la depositaba  en su cuello, iniciando el viaje por el costado hasta la cintura, aquel leve roce que aún le arrancaba un gemido.
La caricia que aún recuerda porque nunca debió ser la última.
Así fue cada día, mientras ambos se esperaban. Pero acabó.
Acabó como terminan las cosas que jamás debieron empezar: pronto y mal, de modo inesperado, injusto e impreciso. De modo erróneo.
Se amaban aún, se amaron mucho después y seguramente aún se amen. Es posible que así sea porque desde el final, ella nunca volvió a usar ese perfume para nadie, fue incapaz de compartir ese aroma con alguien que no fuese él.

Nómbrame

Nómbrame,
dame un nombre que me evoque,
que me lleve a tu memoria
y a tus manos.
Dame un nombre sólo mío,
un nombre que no posean
las flores ni los insectos,
que no lo tengan los mares
ni los planetas.
Dame un nombre
que viva en tu egoísmo
y se alimente
del hambre de tu hambre.
Nómbrame,
dame el nombre de las cosas
que amas,
el nombre del ansia y de la luz,
el que susurra tu piel
cuando me piensas.
Nómbrame,
con la voz y la saliva,
al ritmo que me dibujan tus dedos,
con el nombre imaginario de la noche,
dame el nombre que ya tengo
y tú no pronuncias aún.

Paloma G.


"No sé tu nombre, sólo sé la mirada con que me lo dices." -Mario Benedetti

Prohibido Prohibir

Si el mundo fuese perfecto
el amor no tendría Citas Concertadas,
ni Horario de Visitas,
no tendría Vuelva Usted Mañana,
ni Libertad Vigilada,
no tendría Paso Obligatorio,
ni Direcciones Prohibidas,
no tendría el amor Pasaje Sólo de Ida,
ni cartas Sin Remitente,
ni Cerrado Hasta Nuevo Aviso,
ni Diríjanse a la Salida,
no tendría Ya No Hay Billetes,
ni Permiso Restringido,
ni tantas Llamadas Perdidas,
no tendría Personal Autorizado,
ni Zonas de Fumadores,
ni Peligro Inminente,
ni Sólo en Horas de Oficina.

Paloma G.

lunes, septiembre 17

Verde y negro


Y se hace tarde
rodeada de la nada
que es este mundo verde
tan lejano.
Un grillo llama a su
compañera con frenético
chirrido telefónico
y en la carretera, el silencio
se rompe sólo de tarde en tarde
cuando algún vecino vuelve a casa,
las manos encallecidas,
el cuerpo helado.
La cortina de color tranquilidad
me separa del negro de la noche,
del frío abstracto de los campos,
de la luz alicaída de una estrella
apenas visible entre la bruma.
Es de noche  y las horas no avanzan,
quizá sólo pasan de largo sin
hacerme caso,
sin dejarme apartar su velo tibio,
grueso, de terciopelo,
mientras los restos del cigarrillo
se consumen entre los dedos
olvidado ya su aroma,
mientras el alma pone proa
al laberinto del sueño.

Paloma G.
***El recuerdo de una maravillosa noche, apoyada en la barandilla de un hórreo en medio del campo, cerca de Luanco, en Asturias.

lunes, septiembre 10

Impaciencia


Se acerca el otoño despacio, acechando suavemente tras las sombrillas de la playa y las maletas de los turistas; no sabemos si anunciando su partida o invitando a que ésta se decida a tener  lugar.  
El calendario tiene  ya a punto sus nuevos colores sin importarle en absoluto las recomendaciones que, en cuestión de moda, hace El Corte Inglés a cada estación.
La playa sigue oliendo a playa, esa mezcla de bronceador, sal, sudor y  yodo pero será ya por muy poco tiempo.  
Es curioso observarla día a día:  la imagino  como la moviola de un grifo que gotea.  A cada jornada desaparece una toalla, una tumbona, una sombrilla, una señora con gorrito de paja, un niño de cubo y pala…  Y pronto, muy pronto habrán desaparecido todos. Sólo quedarán los de siempre:  esas abuelitas de trenza gris que se mojan los pies en la orilla a diario, cuando bajan a comprar el pan. La rubia que corre a las nueve de la mañana invariablemente, haga frío o calor. El joven que vive con el tobillo permanentemente esposado a una tabla de fibra de vidrio y el señor totalmente vestido y con el bajo de los pantalones remangados que pasea con su perro por la arena.  
Para todos ellos la playa no es un lugar a donde ir en verano, es un espacio propio, un hábitat tan natural como para los peces y las medusas que nadan unos metros más allá o para las gaviotas que reinan ufanas tras reconquistar el territorio a los humanos.
Según avanza el gris en el cielo, la playa gana en belleza,  se desnuda y nos permite contemplar una piel más blanca. Más fría también, pero infinitamente más sensual y apetecible que en los meses pasados, con un aroma -ahora sí- puro e intenso que penetra hasta el rincón más profundo y provoca una explosión sensorial.
Pronto, la abuela de la trenza tendrá que dejar sus baños matutinos de pies y el señor del perro empezará a pasear sobre el asfalto. El frío convertirá la orilla en un sendero de cuchillas, el viento se intensificará y transformará la arena en un inmenso látigo. Y volverán a cambiar los colores en el mar y la playa tendrá otra belleza distinta pero igualmente infinita.
Se acerca el otoño, lenta y cuidadosamente, como un ladrón que espera el momento adecuado para cometer su delito. Pero se equivoca; esta vez le estoy esperando impaciente. Aquí, en la playa.

sábado, agosto 18

Envidia

Día festivo, verano... en fín que para mitigar el calor, decido ir a dar una vuelta por Cadaquès.

Ese precioso pueblo está a unos treinta y pocos kilómetros curva arriba de mi ciudad, pero antes de esas curvas hay un tramo de unos 10 o 15 Km. de carretera ancha, recta y llana y en ella me encontraba en esos momentos.

Dado el buen tiempo y la densidad de tráfico, iba a velocidad moderada, disfrutando del paisaje y de la visión de un BMW serie 3, descapotable, nuevo de trinca, de un curioso tono visón, precioso, que circulaba justo delante de mí. Tenía de todo. Creo que hasta la rubia que iba en el asiento del acompañante era equipamiento de serie.

Siempre he dicho que yo estaría monísima en un BMW descapotable paseando mi dorada melena  al viento y dejando que el sol de la Costa Brava me tueste la nariz, sin embargo el conductor parecía mucho más feo y le sentaba fatal el color del coche. Vamos, en resumidas cuentas, que se me estaba estaba comiendo la envidia.

De pronto, entre caída de baba y caída de baba, noto que el tráfico se hace más lento. Retenciones. Veo a lo lejos que lo que sucede es que hay un tractor con un remolque cargadito de paja (¿qué diantre hacía en una carretera así?) tan ancho, tan ancho que tiene que ir apartándose para permitir los adelantamientos, dado que el tráfico es también muy denso en dirección contraria.

Poco a poco me voy acercando al tractor y justo, justo cuando le toca al descapotable esperar su turno para adelantar, el viento de mi tierra, la conocida Tramuntana, decide igualar las diferencias sociales dándole un tinte poético a la justicia: Un par de ráfagas moviditas empiezan a hacer saltar la paja del remolque del tractor, yendo a parar toda, todita encima/dentro de aquella preciosidad con ruedas.

La siguiente ráfaga cubre de polvillo de paja al conductor del coche que, pelín molesto,  empieza a hacer unos gestos muy elocuentes en dirección al tractor,  acompañados de unas frases a cierto volumen referidas concretamente a la madre del chófer y que no me atrevo a reproducir aquí por si hay menores leyendo, pero que creo que a poco que nos esforcemos, podremos recuperarlas de la memoria colectiva ya que su uso está bastante extendido.

Quince segundos después, el tractor hace señales al BMW para que adelante, y éste lo hace con el conductor aún agitando las manos airado, envuelto en una nube de polvo,  mientras la rubia que le acompaña se sacude pelo y ropa y yo me desternillo al volante de mi coche azul, normalito y con techo y llego a la conclusión de que, en este caso, prefiero NO conducir ese descapotable y que, palabrita del niño Jesús: la envidia es muy mala.

¡Dos cortados!

Domingo 9 de noviembre  de hace ya unos añitos, no muchos.

Es el segundo entreacto de Madama Butterfly y tras haberme deshidratado llorando entre aria y aria, decidimos irnos a tomar un cafetito mi cuñá y yo.

Aunque estamos en primera fila, a un kilómetro de la cafetería del teatro, apenas ha llegado nadie y dado que tras la barra hay 4 o 5 personas, nos atienden de inmediato. Una señora bastante mayor nos sonríe amablemente mientras le pedimos dos cortados descafeinados con leche natural.

Al cabo de unos segundos regresa con un botellín de refresco en la mano y nos dice:

-¿La quieren de naranja o de limón?

– Emm…esto…eran dos cortados descafeinados y, si puede ser, con la leche natural, gracias.

– Ay, sí, sí, nenas…ahora se los traigo.

Van pasando los minutos, la cafetería ahora ya está llena de gente tomando refrescos, copas de cava, incluso cortados y nosotras mirándonos con cara de bobas y pensando si Pinkerton y Cio Cio San tendrían el detalle de esperar  aún un ratito.

Se acerca un señor tras la barra y se dirige a las personas que están a nuestro lado:

-¿Qué van a tomar?

-Mire, creo que estas dos chicas de aquí llevan un buen rato esperando.

Y nosotras:

-Sí, sí mire: le hemos pedido un par de cortados a aquella señora de allí, pero no los ha traído aún.

-¿No les ha servido?  Mmmm… Fulanita, ¿no les has puesto los cortados? (Cuchicheos raros entre ellos, yo creo que hablaban de la Fanta de limón que la mujer pretendía servirnos) Bueno, no se preocupen, se los traigo de inmediato.

-¡Meeecccc! (Dios. Primer aviso para volver a la sala)

Y yo:

-Cuñá, te voy a hacer una pregunta absurda: ¿le hemos dicho a este otro señor que lo queríamos descafeinado?

-¡Agh! ¿Y lo de la leche natural?

Tras interminables minutos aparecen los dos cortados, con todita su cafeína y ardiendo. Imposible acercar los labios al borde y desde luego ni pensar en tragar esa lava abrasadora que cauterizaría cualquier úlcera o lesión interna a su paso.

-¡Meeecccc! (Ayayayayayayyyy)

-Cuñá ¿te queda mucho? (casi sin voz debido a las quemaduras de primer grado)

-No,no mucho. La mitad. (apenas audible, la pobre) ¿Y a ti?

-A mí es que ya me da lo mismo, he perdido la sensibilidad en la lengua hace rato.

-¡Meeecccc! (¡¡Aaaagghh!!)

Corriendo desesperadamente para llegar a nuestras localidades antes de que el ridículo nos impida volver a sentarnos si llega a sonar la primera nota; cabreada, y con la garganta abrasada  sólo puedo pensar que la próxima vez que vaya a la ópera, pido directamente una Fanta de limón. Helada.

Los Instantes

Los instantes mueren
cuando no tienen quien los viva,
cuando la renuncia
se adueña de la falsa sensación
de libertad,
cuando sin quererlo
se rompen los pocos lazos
que aún nos atan a la vida,
cuando se yerra la frase
y se añade un punto donde hubo una coma.
Los instantes mueren
cuando su fugacidad no importa,
cuando la distancia
empieza a tener kilómetros y nombres de calles,
cuando el tiempo
logra tener la apariencia de agujas de plata,
cuando las palabras
no pasan de ser verbos y adjetivos.

Paloma G.

Duelo al sol

– ¿Cómo te encuentras, niña?

– Bues do esdoy buy segura. Sigo gon fiebre, no buedo respidad y me duelen la gadganta y la gabeza un montón.

– ¿Quieres que te traiga otro café con leche?

– Sí, pod favod, un gafé galentito y un pad de Gelogatiles. Y otro baguete de gleenex, bracias.

…  

Anda, tómatelo e intenta dormir un poco más, es lo que te sentará mejor.

– Sí, bracias. Goer , qué gribazo bás inobortuno.

           ———-Entra música de Ennio Morricone———–

El pueblo vacío. En la calle principal sólos él y yo a una distancia prudencial, observándonos, midiéndonos, poniéndonos a prueba…

Agazapadas tras las ventanas de una casa, mis débiles defensas. Más abajo, su banda de virus oportunistas nos miran desde la puerta del Saloon. No se atreven a salir ni unos ni otros, están asustados, esperan el momento en que uno de los dos flaqueemos para hacerse fuertes.

– Te lo advertí, forastero. Te dije que nos veríamos las caras tú y yo a solas. Lo has intentado, me has atacado de todas las formas posibles, pero no podrás conmigo.

Las dos cajas de Gelocatil brillaban bien sujetas en las cartucheras mientras avanzaba hacia él. El reflejo de mi vaso de leche cegó sus ojos por un momento y pude verlo como realmente era: débil, mezquino y sí…asustado.

– No, no te voy a matar, no soy como tú, no me ensaño con los caídos ni ataco con antibióticos por la espalda.  Vete, coge a tu pandilla y déjame en paz. Mañana a estas horas estaré dando clase y ni tú ni nadie podrá impedirlo.    Pareció dudar y envalentonarse por un momento.

Sin apartar mis ojos de los suyos, desenfundé las dos cajas de Gelocatil en un rápido movimiento, no tuvo tiempo ni de pestañear. Le encañonaba y sabía que le tenía a mi merced.

– Es tu última oportunidad: Vete, vete…¡Vete!

            ———————————————-

– Mami, mami ¿qué te pasa?

– Ein?

– Estabas dormida, gritabas en sueños…decías: "vete, vete" ¿Es que te encuentras peor, mami?

– Bues, bues…no, guriosabente me enguentro mucho mejor. ¿He dorbido bucho?

– Uff, mami, casi tres horas. La verdad es que sí tienes mejor cara y… ¿a ver? Sí, parece que ya no tienes fiebre.

           ———-Entra de nuevo Ennio Morricone———–

El pueblo seguía tan solitario como unas horas antes, arbustos secos rodaban por la avenida principal empujados por el viento cálido. Ya nadie contemplaba el duelo desde sus casas, ya no ocurría nada interesante en las calles.

Enfundé de nuevo mis cajas de Gelocatil tras grabarles dos muescas más, me calé el sombrero hasta los ojos y me dirigí al Saloon en busca de mi zumo de naranja.  Me dije que me merecía un homenaje con vitamina C.

                                                                                          The End 

La Plaza

Herida por el tiempo y los grafitti
en su piel las huellas de otras pieles,
vacíos los bancos de mamás despreocupadas,
de intercambio de cromos, de abuelos de bastón.
La miro con nostalgia de niña con patines,
de tardes de comba y pan con nocilla,
de juegos de piratas, de charlas con amigos,
de aquel vecino guapo, de besos en la esquina
y a la luz de la farola del adulto clandestino.
Buscando el árbol que más que sombra era cobijo,
me siento en el banco de piedra, portería de niño,
coche de carreras, cueva de bandidos,
cárcel para ladrones, decorado de cine.
Nos miro a las dos, unidas por el tiempo y el espacio,
aunque cambiadas, seguimos en el mismo sitio.

Paloma G.
**** Ya no  vivo frente a ella, pero la recuerdo con cariño.