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jueves, junio 29

Calla

Necesito el silencio

que la lluvia no llegue

a rozar el suelo,

que se ahogue en la garganta

el rugir del viento

y que tu voz se borre

con cada aliento.


Paloma G.


martes, mayo 3

Qué años más malos llevamos - 9 (Diario de un cabreo constante)

 No suelo ver El Hormiguero pero me he quedado clavada escuchando a Julia Otero.

Nunca, en los años transcurridos desde que tuve mi (s) cáncer (es) me había sentido tan identificada con nadie. Siempre me quejo e insisto en que me revienta eso de "eres fuerte, qué valiente; una luchadora..." y me revienta porque no, los enfermos de cáncer no "peleamos" no "vencemos", lo único que hacemos es sobrevivir. Punto.
Julia ha defendido esa postura, la de no ser ejemplo ni abanderada, sino simples seres humanos muertos de miedo y que hacemos lo que hace cualquier otro enfermo: sobrevivir si podemos, si nos dejan y si la medicina nos ayuda.
Ya. Solo eso. Nada más.
Cada vez que me han quitado un trocito de mí (literalmente) y no hace mucho de la última, algún amigo/a me ha mirado con orgullo mientras me decía: "tú puedes, eres una luchadora"
Mentira. Yo lo que estoy es muerta de miedo. Cada vez que en mis diagnósticos sale la palabra "carcinoma", lo único que pienso es "¿será ahora?" Y eso es lo que pensamos TODOS. No somos Rambo, no nos sentimos héroes o heroínas. No.
Ni mucho menos.
¿Qué no somos -o no soy- la reina del drama? Puede. ¿Que no necesito ir llorando por las esquinas? También. Pero eso no es fuerza, no es lucha, no es pelea, es simplemente aceptación y conocimiento de un hecho: hay un tumor. Vale. ¿Qué hay que hacer para no morirse?
Y una vez la quimio te destroza, lo único que quieres es que se acabe, que llegue esa última sesión. Y eso tampoco es lucha ni fuerza, es agotamiento, es miedo a seguir sufriendo.
Y en todos estos años nunca, jamás, había encontrado a otra persona, a otra mujer que sintiese lo que yo llevo sintiendo todo este tiempo y que, con dos ovarios como dos camionetas, lo ha expuesto ante todo un país.
Gracias, Julia.

Páginas

Hoy he leído un nuevo
libro.
Ciento tres páginas de vida
y hambre.
Un espejo,
una luz
                        encendida,
un trozo de pan con aceite
y sal.
Y el roce del terciopelo en las rodillas.
Hoy he acabado de leer
un libro.
Olía a canela, a miel y a desafío.
Un ovillo de lana
y una mujer
sonámbula
a punto de abalanzarse sobre
un nuevo libro.

Paloma G.

domingo, mayo 1

Minifiesto

No pienso pedir permiso

para abrirme al mundo.

Mi desnudo es mío, como mi piel

y mis pechos.

Amo y hablo y transito por los años 

con la indolencia del calendario mudo.

Y pinto el lienzo de mi mirada libre

con osadía, desde el fondo.

Hasta el fondo.

Tú, que esperas el barro maleable entre

 los dedos, 

hallas aquí una roca azul con alas 

y raíz de madreselva.


Paloma G.



Women

No somos
ni más ni menos
que todo, que nada, que más.
Pero somos.
Eres.
Soy.

Paloma G.

lunes, diciembre 6

Lo que va quedando

Lo que va quedando 

de mí en este oscuro tiempo

de flores marchitas y olvidadas

es el eco del invierno

aquél, y tu mirada.


Paloma G.

De vuelta

No me gusta cuando el día

empieza con música de sirenas;

Vuelve a ser noviembre y los años

no pierden la costumbre

de repetirse y traer de nuevo

el dolor y la sal.

Es tan lunes como cualquier otro lunes

y tú sigues ahí, lejano y gris 

como el mes que te envuelve,

viendo pasar los trenes y las vidas

de otros que, como yo,

temen que llegue noviembre 

y ya no estés.

No me gusta cuando el día 

termina llorando tinta.


Paloma G.

Yo, enamorado, soñador y loco

que me muero de sed y no lo digo

que estoy junto a la fuente y no la toco.

Jose Angel Buesa

viernes, diciembre 3

De Luis, hoy más que nunca...

Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.

Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.

Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.

Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.

Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.

 

                    El amor (Luis García Montero)

A mí me enamora oir este poema de su propia voz, AQUÍ.


miércoles, agosto 5

11 de abril de 2020

Desde que se decretase mi encierro covídico, si en algún momento quiero apartar los ojos de las pantallas, no me queda otra que ejercer de James Stewart en La Ventana Indiscreta y contemplar impasible el bloque de pisos situado frente a mí. La imagen es, como en mi caso, la parte trasera del edificio, las terrazas feas y avergonzadas de que se les vea toda la ropa tendida, los balcones a los que no salen a aplaudir a las 19.58. Esas otras terrazas, las que se llenan de música y flores, las que lucen banderas, están en la otra punta de la casa y a mí me tienen castigada a no acercarme.
En fin, que hoy estaba tomando el sol y reflexionando sobre la cantidad de vida que tienen esas ocultas terrazas traseras: señoras que hacen la colada, niños que juegan, el vecino del cuarto a la izquierda -un armario rubio de dos metros- que sale a fumar dos o tres veces al día, la chavalita que se asoma a su ventana móvil en mano huyendo de los oídos de su familia; y luego están los colores: la ropa tendida, los juguetes de los niños e incluso las tonalidades imposibles del tejido con el que algunos vecinos han encargado sus toldos con mejor intención que gusto.
A derecha e izquierda, sin embargo, la vista es totalmente distinta; al vivir en una zona más o menos antigua, hay aún muchas casitas bajas o de planta y piso como mucho que me permiten alargar mucho más la mirada y pasar por encima de sus tejados y azoteas. En estas también veo ropa tendida al sol pero nunca a las personas que hacen esa tarea. Lo he comprobado, es algo mágico: giro la vista un par de minutos a la derecha y cuando vuelvo a mirar en dirección contraria, ha desaparecido la ropa de una azotea. O se ha desplegado una sombrilla sin que haya nadie debajo que proteger.
Pero hoy sí ha aparecido alguien: a eso de las doce, con un sol de justicia que si dejabas caer granos de maíz se hacían las palomitas con sal y todo, en el terrado de una de las casas más cercanas ha aparecido él. Él, vestido con ropa deportiva blanca de arriba abajo: su camiseta, shorts, sus calcetines, las sneakers. Y ha empezado a hacer lo más aconsejable a esa hora del día (nótese la fina ironía): ejercicio. Le he visto hacer sus series de flexiones, levantamiento de brazos, torsiones… De vez en cuando desaparecía de mi vista cuando se tumbaba en el suelo para hacer abdominales y sólo podía divisar una pierna u otra según las levantaba.
Al cabo de veinte minutos yo ya no aguantaba más al sol, pero él ha seguido impertérrito, enérgico: un saltito, una flexión, otro saltito, una torsión, otro saltito y... ¡desaparición!
Me he levantado de un salto pensando que el pobre hombre se había caído, quizá incluso desmayado de practicar deporte a la parrilla. Incluso he hecho cálculos mentales para adivinar a qué casa corresponde exactamente esa azotea para avisar si no se levantaba en seguida. Y no, no se levantaba. NO se ha levantado en ningún momento, de hecho.
Ya he dicho antes que las azoteas tienen magia. Bien, pues esa también: mientras yo me mordía las veinte uñas pensando que el deportista estaba tirado al sol con un síncope, ha aparecido una mujer con un vestido floreado y un cesto de ropa en las manos y se ha puesto a tender en las cuerdas situadas exactamente donde yo he visto desaparecer al pobre hombre.
La verdad está ahí fuera. Tiririri riri riiiiiiiiii….

Las pinzas de tender

Ella está a sus cosas, no se ha fijado en mi presencia ni sabe que la observo mientras tomo el sol.
Una a una va recogiendo las prendas de ropa que tiene colgadas en las cuerdas que cruzan su balcón de lado a lado: coge una pieza, la sacude bien, la dobla cuidadosamente, entra en la habitación, sale sin la prenda y elige otra. Una y otra vez, lentamente, durante un buen rato: toallas, jerseys, calcetines, hasta que ya no queda nada en el tendedero.
De pronto se queda muy quieta mirando al vacío. Observa el cielo, comprueba la cantidad de nubes y, como si tomase una decisión súbita, se agacha junto a la lavadora y vacía su contenido en un gran cesto de plástico.
Con el mismo ritmo pausado del principio, saca de la cesta la primera pieza: una sábana bajera. La sacude, la tiende cuidadosamente, repasa con las manos que no quede ni una arruga y, de un cestito que cuelga del tendedero, coge tres pinzas y las distribuye sobre la sábana tendida.
Inmediatamente le sigue una funda de almohada individual que, por el tono, deduzco que forma parte del conjunto. De nuevo la sacude una vez y otra, la extiende bien y coloca dos pinzas. Por último la funda del nórdico; le cuesta un poco más moverla. Es bastante más grande y también más pesada pero ella no tiene ninguna prisa. Realiza exactamente el mismo ritual que con las prendas anteriores sólo que esta vez se asegura y son cuatro y no tres las pinzas que sujetan la sábana.
A todo esto ha pasado mucho rato, yo empiezo a notar que el sol me quema en la nariz y en los hombros pero estoy fascinada contemplando a la mujer ocupándose de su colada de ese modo tan meticuloso, tan sosegado y, sinceramente, para mí exasperante, acostumbrada como estoy a hacer las cosas con una total falta de tiempo; en cualquier caso no puedo dejar de mirarla hasta que la veo dar un último repaso a la bajera, secarse las manos en la falda y entrar en la casa.
Me planteo que debería hacer lo mismo; apago el reproductor de música, me quito los auriculares y en ese instante la mujer vuelve a salir. Mira de nuevo al cielo, se dirige al cestito de las pinzas y pone una más en cada pieza de ropa antes de volver a entrar. Un segundo más tarde vuelve a salir y clava una pinza más en cada una de las dos prendas grandes.
Aquí hay que añadir que, aunque vivimos en tierra de vientos, hace un día absolutamente plano y calmado. No se mueve una hoja, nada, ni una leve brisa. Pero mi vecina no debe de pensar lo mismo porque al cabo de un momento vuelve a salir y añade dos pinzas más a la funda del nórdico que es la pieza más expuesta de las que ha tendido.
Y de nuevo, y para mi sorpresa, aparece en la terraza, vuelve a observar el cielo y –no lo adivinaríais nunca- añade un par de pinzas más a la funda del nórdico.
Doce, en total doce pinzas en una única prenda. Doce pinzas en una, diez más en las otras y más de media hora para realizar todo el proceso.
Esta mujer no lo sabe pero, desde hoy, tiene una nueva fan.

Y más silencio...

De pronto estalló el silencio gris, de tormenta.
Nunca unos ojos llovieron tanto.


Paloma G.


Silencio

No digas nada.
Ahora guardar silencio es necesario.



Paloma G.

Amor (Cortázar)

"Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto."
Rayuela, cap. 93 - Julio Cortázar.

viernes, enero 25

Itinerario II

Y ahora
que todo se me hace extraño
cómodamente impreciso
y feliz,
que toco lo intangible
con el roce de los dedos
del deseo,
que ofrezco mi cara a la lluvia
y mi pelo a tus manos,
que no escondo mi rastro
a tu vista
y siembro una estela de perlas
que te atan sutilmente a mi piel
Ahora
que contemplar el mundo
se ha vuelto un pasatiempo
de dos,
que sobrevuelo las distancias
en el mínimo instante
de un parpadeo,
que el tiempo se mide por la duración
de un poema,
y el espacio que ocupo guarda aún
tu huella.
Ahora
que dibujo itinerarios
en los mapas de la noche...
sígueme.

Paloma G.

Reencuentro

Te recordaba  mientras la distancia
se abría ante mis pies como un abismo
dejando atrás colores,  espigas y trigales.
Inmóvil tras el húmedo cristal
desde el que atisbaba el paso de los días
perdida la voz, refugiándome en la tinta,
te recordaba.
Con esa sensación de destemplanza
que dan las noches de invierno
en que despiertas helado y sin cobijo.
Con esa añoranza vaga y cálida
con que se recuerda un edredón en primavera:
con cariño  pero sin urgencia,
te recordaba.
Y te encuentro en esta esquina de la vida,
confuencia de dulzuras y tropiezos
que sorteo a grandes rasgos con más voluntad que acierto.
Fascinada ante el color de este  noviembre
que vincula  en un instante la honestidad y el afecto
con la lectura interior de tu poema,
te reencuentro.

Paloma G.

"Más o menos extraña
la vida fue pasando tibiamente
por tu cuerpo y el mío.
Luis Gª Montero."

Y despertar...

Hoy la calle olía a silencio,
el cielo amenazaba lluvia,
y en los abrigos
el alma se quedaba fría.
Los sonidos eran sordos,
lejano eco de tormenta,
vacía y seca
en la pesadilla de un niño.
Hoy he despertado en gris,
sin prisa y sin objetivo,
y en la cama
he plantado un desierto.
Hoy la calle olía a silencio,
mañana sonará a olvido.


Paloma G.

Minipoesía (8 haikus)

Ante mis ojos,
lloviendo en los cristales,
pasa la tarde.

****
Siempre te olvidas
que a pesar de la tormenta
luego el sol brilla

****
Con cadencia de lluvia
las horas muertas
dejan frío en el alma.

****
El sonido del reloj
rompe el silencio
pero no afecta al tiempo

****
Ni siquiera recuerdas
el viento frío
mientras arde el fuego

****
Nada es eterno
ni nadie así lo espera;
Ama el momento

****
Mientras caminas
dibujas con tus pasos
la carretera.

****
Si el sol no brilla…
¿será que se ha apagado
o que no lo miras?

****

Paloma G.

Pía - Pía

A veces mis enanitos de clase  me dejan K.O.  tendida en la lona y sin posibilidad de recuperación.
Por algo que me acaba de pasar, recordaba ahora uno de esos días, hará de eso... no sé, a veces la memoria me engaña, quizá siete u ocho cursos ya.
Era un grupo de entre seis y siete años y, con el fin de practicar con Word, con la búsqueda de texto e imágenes en Google y la inserción de lo encontrado en un único documento (aclaro que soy profe de Nuevas Tecnologías)  les había propuesto un ejercicio en el que tenían que definirse de algún modo a través de sus gustos: colores, aficiones, juegos, películas… con todo ello debían hacer un collage, una especie de redacción ilustrada. Es un trabajo similar al que hemos hecho otras veces con otros motivos (Navidad, Carnaval, etc.)  y que a ellos les encanta. Se enfrascan en la búsqueda y luego me razonan por qué una imagen y no otra.
En fin, que casi había acabado el tiempo y uno de mis bajitos, siete años, me dice alarmado: “Paloma, no puedo acabar. No encuentro nada sobre mi juego favorito”  Fui a mirar su pantalla y en la caja de búsqueda de Google figuraba el nombre de su juego: era “Pía-Pía”. Escrito así, con su guión y todo.
¡Agh, demonios! ¿Qué juego es ése?  Todos sus demás compañeros me hablaban de fútbol o de aventuras para la Nintendo Switch, el móvil  o la Play.  Y, servidora de ustedes, entre lo que juego yo misma y lo que me informan mis alumnos, tiene un Máster en "juegología", pero…¿Pía-Pía?  Ni  idea. Iba a decepcionar a mi enanito, así que había que investigar.
Me senté junto al peque y le dije, “venga, te ayudo a buscar, cuéntame qué juego es ése y de qué va”
-Paloma, -asombradísimo-  ¿es que tú nunca has jugado a Pía-Pía?
-Pues no, cariño, pero si me dices un poco cómo se juega, te ayudo a buscarlo.
Y mirándome con ojos de conmiseración, de pura lástima por esa mujer que en su vida había jugado a Pía-Pía, esa triste adulta que no sabe qué es divertirse, suelta:
-Jugamos cada día, pueden jugar varios, en el patio; uno es el que la para y tiene que píar a los otros que corren y si llegas a un sitio que es casa dices: "casaaaaa" o "salvaadooo" y eso…
-Ah, ¿te refieres a jugar a pillar?  ¿Al pilla, pilla?
-Claro, te lo estoy diciendo hace rato:  ¡Pía-Pía!
Y sí, tenía razón: pobre adulta que ya ha olvidado, como la mayoría de los niños, lo divertido que es jugar a Pía-Pía en el patio y que hay vida más allá de Play Station.

Fue belleza

Hoy ya no llueve en las calles
empedradas junto al puerto,
es sólo agua que cae
mísera, absurda, sin freno.
Ya no reflejan las gotas
la luz de cada farola,
convirtiendo en charol negro
los viejos tejados del pueblo.
Hoy ya no apaga mi sed
bebiéndola mientras me moja,
ni ofrezco la cara al cielo
para recibir su beso.
Ya no sé observar la lluvia
mirando a través de otros ojos,
ya no esconde la poesía
del vaho tras los cristales.
Sobre el bosque de paraguas
dejando un paisaje roto,
mísera, apresurada y fría,
ya sólo es agua que cae.

Paloma G.

Un día oscuro

Suena el silencio con atronador vacío
Tiemblan los ojos y se ciega el oído.
Las nubes se encharcan,
se asusta la noche
y las olas del bosque pronuncian tu nombre.
El mundo se para,
me abraso de frío.
Los pájaros huyen porque llora el río,

          será que ya todos saben que te has ido.

Paloma G.