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La modestia es la virtud de los que no tienen otra.
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lunes, 4 de abril de 2016

¡Me han regalado un cactus!



Estoy desolada, asustada, preocupada y temblorosa porque me han regalado un cactus.
El cactus es una planta maligna, artera,  traidora…¡terrible!   Su presencia ha marcado mi vida con el poso de la tragedia. Siempre. Sin parar. Sisisisis...
Tendría yo unos 6 o 7 años, estaba jugando en el jardín de mis padres. Un jardín pequeño pero con una gran variedad de plantas de todo tipo. Y entre ellas un cactus. Un cactus enorme, altísimo, con unas púas como dagas vizcaínas. Yo siempre lo evitaba, pero él a mí no. Sé que me estuvo esperando desde el primer día, desde el primer instante hasta el momento en que, jugando con mi hermano pequeño, la pelota pasó veloz por mi lado, fui a buscarla sin mirar muy bien hacia dónde, perdí pie y… sí. Él.
Lo siguiente que recuerdo de mis relaciones con ese engendro diabólico fue unos pocos años más tarde, dos o tres… mi abuela estaba de visita y se había empeñado en que fuésemos todos al campo, a un sitio que ella conocía donde además se podían coger higos chumbos. No sé si relatar el final de la historia, cuando servidora de ustedes y su prima se quedan medio enredadas entre chumberas y… ufff, trágico.
Ese día, ya con un poquito más de raciocinio y dándome cuenta que lo de los cactus y similares conmigo era pura inquina, decidí no acercarme nunca más a ellos a distancias menores de diez metros. Por si acaso. Los esquivaba por la calle o en los jardines de los desconocidos. Pero como dije antes, ellos siguieron pendientes de mí.
Àloe traidor

Tenía once años, doce quizá, no recuerdo exactamente. A esa edad yo era un genio de la bicicleta. Tenía una fantástica que me había comprado mi padre casi a medida y que servía tanto para un roto como para un descosido. Podía hacerme 10 o 15 kilómetros de un tirón sin enterarme y a la vuelta trepar de montículo en montículo sin pestañear. Era una buena bici.  Tan buena era la bicleta y tanto me confiaba yo en lo que sabía hacer que un día, una mañana inolvidable, haciendo equilibrios con mi bici sobre una especie de valla/rampa de piedra, perdí el equilibrio y caímos bici y yo, las dos, pero no del lado de la calle, sino del otro, como metro y pico  metros más abajo. Y me preguntaréis ¿qué había al otro lado?  Sí. Un jardín. Un jardín y en él una zona repleta de plantas carnosas tipo cactus, altísimas, como àloes gigantescos. Y ahí fueron a parar la que suscribe y su bici. Las dos. Una más herida que la otra, eso es cierto.
Pasó el tiempo, me fui haciendo mayor y mi fobia (¿fobia?)  hacia los cactus fue creciendo. Los veía por todas partes, me acechaban. Las mamás de mis amigas tenían cactus, la mamá de mi novio tenía una especie de invernadero llenito, de todos los tamaños, colores y olores, pero conseguí esquivarlos poco a poco. A todos.
A todos hasta que cumplí los 25,  mis padres habían decidido comprar otra casa, una casa bonita, con jardín, una piscinita… todo muy mono. Mi madre y yo firmamos un pacto de no agresión: ella no tendría cactus y yo soportaría estóicamente convivir con dos perros y un gato. Yo cumplí,  ella “casi” también.  Bueno, en realidad yo también “casi” porque en la expresión anterior sobra “estóicamente”. En fin, a lo que íbamos: había sido su santo y unas amigas le habían regalado un centro de plantas muy bonito, gigantesco. Y en ese centro, entre otras cosas, había un cactus redondito, con  las púas de color violeta, blanditas… eran como pelusa.  Mi madre  ocultó muy ladinamente el hecho y puso el cactus en una estantería de una especie de invernadero que tiene la casa donde está la lavadora y se plancha en invierno y que se abre totalmente en verano.  Justamente la misma estancia donde un día tendió cuidadosamente un blusón mío de punto, algo delicado para secarlo de otro modo. Abrió totalmente las ventanas correderas y ahí se quedó hasta que yo lo cogí para darle cuatro estirones y ponérmelo. Al cabo de hora y media mi jefa me llevaba de vuelta a mi casa con una erupción terrible y un ataque de histeria.  Con el viento, el blusón había ido rozando el cactus e impregnándose de la pelusilla ésa de color morado. Pelusilla que pinchaba y escocía  como la madre que la parió y que ahora se encontraba firmemente clavada en mis brazos, mi estómago, mi escote… Quitar todos esos pinchitos de mi piel fue épico. Y doloroso.
Otra vez un tiempo huyendo de esas…”cosas” y creyendo que me había librado ya de la maldición cuando hace un par de años, una de mis alumnas con la mejor de sus voluntades decidió regalarme un àloe vera. Que sí, que ya sabemos todos que tiene propiedades fantásticas, que un poco de su jugo sobre quemaduras, eccemas, etecé, etecé es mano de santo, pero joder, que no deja de ser un cactus. 
El caso es que la puse en el rincón más perdido del salón, el único espacio de mi casa donde tengo plantas a las que dejo morir apaciblemente porque el Señor no me llamó por los caminos de la jardinería. Ahí no había peligro de pincharme con la maldita planta porque no me acuerdo nunca de regar a sus compañeras y quien evita la tentación, evita el peligro.

Engendros con vida propia.

Pero noooo…no iban a dejarme en paz: tres o cuatro días más tarde llegué de noche a casa, venía de una cena con unas amigas y era tarde. No quise encender las luces para no despertar a nadie, sólo me acerqué a dejar el bolso y las llaves con intención de dar media vuelta y a la cama, y entonces: rraaaaaasssssss! el àloe vera me hizo un nuevo dibujo en mis pecosas pantorrillas. De leopardo pasé a tigre en un plis.
Nadie. Ni mi hija, ni su padre, ni la señora que viene a hacer la limpieza… nadie. Ninguno de ellos admite haber movido la puñetera planta de su sitio. Yo entonces no les creí, pero hoy…
Ayer me regalaron un cactus. Lo habría tirado de inmediato si no fuese que  para ello tengo que tocarlo y tiene púas de un centímetro  de largo. Son más largas las púas que la planta en sí.
Qué horror, qué espanto:  “nena, es que tú pasas toda la vida entre ordenadores y dicen que los cactus absorben las radiaciones” o no sé qué chorrada similar me contó el cómplice del cactus. El caso es que ni lo toqué… quedó en la mesa del salón, a unos 4 o 5 metros de donde yo  lo miraba con aprensión.
Yo fui la última en irse a la cama  y “eso” seguía allí, sobre la mesa, envuelto en celofán. Inofensivo aparentemente. En mi dormitorio me tranquilicé más.  Doce metros de pasillo me separaban de él y poco a poco me dormí plácidamente.
Esta mañana, dos minutos antes de la hora en que habitualmente suena mi despertador, me sobresaltó un dolor intenso, agudo… al abrir los ojos y mirar, vi que tenía una gotita de sangre en la mano. No supe qué había sido hasta que descubrí una púa de cactus sobre mis sábanas.
Ahora lo sé, ahora no hay duda.

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